Pensado en este blog he escrito una historia. En realidad, varias historias, que ire publicando con el tiempo...espero. Os dejo la primera. Se llama Panico.
Me llaman Pánico, y soy una Pesadilla.
Hay gente que nos confunde con los vampiros, pero nada más lejos de la realidad. Somos mil veces peores. No nos alimentamos de la sangre de la gente, sino de sus miedos; de sus más profundos y secretos temores. Nadie escapa de nosotros, y ni la más intensa luz puede detenernos: el miedo no se esconde nunca, ni siquiera de día.
Escogemos a una persona y esperamos a que en ella nazca un destello de miedo, una ínfima chispa del más puro terror. En pocos minutos la convertimos en una auténtica llamarada que quema a nuestra víctima por dentro, sometiéndola a nuestra voluntad, doblegada por sus más profundos temores. Es asombrosamente divertido.
Pienso en todo esto mientras me encuentro encaramada en lo alto de un muro, esperando. Se que alguien se acerca por mi derecha, puedo olerlo, y en mis labios se dibuja una fina sonrisa.
Es un hombre. Camina despreocupado, con un paquete en las manos. Ha pasado de largo y ni ha reparado en mi presencia… Gran error.
Salto al suelo sin un sonido y camino detrás de él. Ahora si sabe que estoy ahí. Aprieta el paso y yo le sigo, sin perder la sonrisa. Él mira atrás, buscándome con la mirada, pero esta demasiado oscuro para los ojos humanos. Apenas distingue mi figura difuminada… Empieza a correr.
¡Ahora lo noto! Tiene miedo, y yo, hambre. Salto detrás de él, con la agilidad y la fuerza de un felino. Me coloco en un par de saltos delante de él, y de mis labios surge un sonido apagado, muestra de mi regocijo. Él está temblando. Hago que el miedo crezca: con un poco de paciencia conseguiré un poco de auténtico terror. Él ya ha renunciado a escapar. Está paralizado, y lo mejor es que ni siquiera sabe el porqué. A sus ojos no soy más que una sombra difusa, pero las lágrimas empiezan a resbalar por sus mejillas mientras me mira con espanto.
Me relamo. Cuanto más tiempo paso delante de él, más fuerte me siento. Me lleno de vida, de energías. El miedo de un hombre adulto siempre suele ser vigorizante. Él palidece cada vez más, y yo siento todo su terror en mí ser. Es una sensación maravillosa.
Todavía no estoy saciada, pero algo me distrae. Hay alguien detrás de mí, aunque no lo he sentido hasta ahora. Eso no es buena señal. De mala gana dejo al hombre, que se desploma contra el suelo, hecho un guiñapo. Estaba en su mejor punto.
Había tenido un presentimiento cuando lo sentí, pero ahora puedo confirmarlo. Lo que me ha interrumpido es otra pesadilla. Vacilo un instante, pero decido quedarme junto a mi víctima.
Es un hombre. Se acerca, silbando, y se detiene de nuevo unos pasos alejado de mí. Ahora puedo verlo mejor. Es joven, tal vez veintipocos, pero no cabe duda de que es poderoso. Mascullo un taco. Debería haberme ido…
Ya he comentado que los pesadillas somos muy diferentes a los vampiros. Nunca he oído que unos vampiros bebiesen la sangre de otros de su misma especie, al menos no como alimento, pero en nuestro caso es muy distinto. El miedo de un pesadilla es un manjar muy apreciado, aunque no muchos se atreven tratar de conseguirlo. Es complicado, y rara vez merece la pena.
Se acerca unos pasos más y yo pienso en dar media vuelta y largarme. No he venido buscando pelea. Pero no hago caso de mi instinto y me quedo enfrente del hombre, posesiva.
-Es mío –anuncio con cautela. El desconocido me dirige una mirada extraña, melancólica.
-No eres de por aquí, ¿verdad? –pregunta. Yo caigo en la cuenta: tal vez esté en su territorio.
Rara vez me aventuro a cazar por esta zona de la ciudad, y puede que me haya metido de lleno en el coto de caza de este pesadilla… Aprieto los puños y vuelvo a abrirlos, tratando de relajarme.
Es mejor no dar señales de debilidad.
Otra figura salta a lo alto del muro sin previo aviso. Esta agazapada como un gato, y solo distingo el destello blanco de sus dientes al sonreír. Cambio la posición de mi cuerpo, de forma que puedo observar a las dos figuras sin movimientos bruscos. El nuevo también es un pesadilla.
-Vaya, vaya –dice, con voz masculina-. Tenemos visita. ¿Qué hacemos con ella, Espectro? –pregunta, girando el rostro hacia el primer pesadilla.
El aludido se encoge de hombros.
-No me interesa. Haz lo que quieras con ella.
Me estremezco. Imperceptiblemente para un humano, pero ambos se giran bruscamente. El recién llegado se relame, como yo ante mi víctima unos minutos antes.
Pienso en mis posibilidades. Estoy casi saciada, así que no me faltará energía para correr. Pero no estoy segura de poder escapar de los dos a un tiempo. El tal Espectro no parece muy dispuesto a tomar partido, pero… No hace falta ser un lince para darse cuenta de que ambos son extremadamente poderosos.
Un movimiento inesperado a mi espalda capta mi atención. Mi víctima se esta restableciendo. El pesadilla de encima del muro se retuerce para ver lo que hay detrás de mí y yo me afano por cubrirle, aún sabiendo que es inútil. Empieza a reírse.
-Vaya, al menos la chiquilla nos ha traído un regalo –reprime otra carcajada-. Lástima que ya esté muy debilitado…
El hombre se levanta, no sin dificultad, pero el cese de mi “influencia” le permite mantener la cabeza fría. Aún así, está asustado. Parece que va a decir algo, pero de pronto su rostro se desfigura ante una nueva oleada de puro terror. Y esta vez no soy yo.
Esta claro que es el pesadilla de encima del muro. No le quita la vista de encima, y parece encantado. Ya he comentado lo vigorizante que resulta el miedo de un hombre adulto… Sin embargo, al poco rato el pesadilla parece aburrirse. El hombre ya está totalmente en sus manos, sometido por el terror. Todavía con una sonrisa pintada en los labios, el pesadilla imprime una nueva oleada de pánico sobre la víctima, esta vez con una fuerza inusitada. Puedo percibirlo, y semejante muestra de poder me deja clavada en el suelo. Pero el hombre ya no puede permanecer más tiempo quieto. Echa a correr con todas sus fuerzas, perdiendo el aliento con cada zancada. Esta agotado. Aún así sigue corriendo, y llega a la carretera sin detenerse.
Se escucha un frenazo y dos impactos, el del coche contra el cuerpo y el de la masa de huesos rotos contra el asfalto. Aún a esta distancia puedo apreciar la mancha de sangre que se extiende sobre la carretera. Milésimas de segundo más tarde, empiezan los primeros gritos.
Él pesadilla de encima del muro se estalla en carcajadas, sujetándose las costillas con una mano y con la otra manteniendo el equilibrio. Esta claro que el otro, Espectro, no aprueba lo que ha hecho. Tiene el ceño fruncido. Yo estoy demasiado preocupada por mi misma como para importarme nada más.
Se escucha la sirena de un coche de policía, y pocos segundos más tarde las luces iluminan tenuemente el callejón en el que nos encontramos. Por primera vez puedo apreciar los rasgos del pesadilla de encima del muro. Sigue riendo, y al ver que le observo me dirige una inquietante sonrisa.
-Me llaman Suplicio, pequeña. ¡No lo olvides! –Baja del muro de un salto, y se acerca a mí.
Mi primera reacción es ofenderme. Pequeña… Ya he cumplido los dieciocho, y el no debe tener más de veinticinco, como Espectro. Pero después reparo en lo cerca que se encuentra. Peligrosamente cerca. Algo en mi interior se dispara, como una alarma, y tengo que reprimir el impulso de echar a correr. Un pensamiento se instala en mi mente: Voy a morir. Acabaré debajo de las ruedas de un coche, y mis restos todavía calientes se esparcirán sobre el frío asfalto. O incluso algo peor. Mi cabeza se llena de imágenes, de sensaciones…de horror. Todo parece más oscuro. Alzo la mirada, buscando algo de luz, y me encuentro con los ojos de Suplicio. De alguna manera, me transmiten que esto no ha hecho nada más que empezar. Me llevo las manos a las sienes, tratando de mantener las imágenes apartadas, pero es inútil. Me afano por no gritar.
No se cuanto ha pasado. Tal vez segundos, tal vez horas. Lo que es seguro es que Suplicio no parece cansarse. Ni siquiera ha perdido la sonrisa. Yo me quemo, me asfixio y me ahogo por momentos. La oscuridad me agobia. Se que todo es una ilusión e intento mantener la calma, pero es inútil. Todo es dolorosamente real.
Y al fin grito. Grito hasta quedarme sin voz, hasta caer de rodillas. Me siento morir; quiero morir. No puedo soportarlo.
Suplicio se acuclilla ante mí, y me coge la barbilla con dulzura. Alza mi rostro hasta que intercambiamos una mirada.
-Tienes que llorar… -dice-. No merecerá la pena si no lloras.
Estoy confusa. Apenas le oigo. Hasta su rostro comienza a desvanecerse entre la abrumadora oscuridad, y en mi estómago comienzan a crecer las nauseas. Estoy demasiado débil para seguir resistiendo…
-Ya basta. ¿No te parece ya suficiente?
Suplicio me suelta el rostro y yo caigo hacia delante, resbalando por su torso hasta llegar al suelo. No tengo fuerzas para levantarme. Parpadeo un par de veces, entreabro los ojos, y acierto a ver los dos rostros entre penumbras. Creo que Espectro ha intercedido por mí.
Pero es demasiado tarde. He muerto.
Peque adelanto y concurso desde Roca Joven
Hace 53 minutos

1 pesadillas:
wow... *-* esta muy bien!! describes con mucha precisión y es... nose, te lo imaginas todo... ^^ es muy bueno ;)
Besos, y me gustaria leer las otras istorias!!
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